domingo, 6 de julio de 2008

Boliches de campo en el Pueblo de O’Brien

El almacén de ramos generales cumplió un rol muy importante en la región, tanto comercial como social. Era conocido por los habitantes como "el boliche", lugar donde se podía adquirir desde alimentos hasta herramientas en general. Por lo basto de las extensiones era el lugar donde se encontraban los vecinos en forma casual o a veces pactada. Estos encuentros dieron origen a reuniones sociales tales como el juego de bochas, truco o taba.
A continuación nombraremos algunos de estos comercios:
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“La Bellaca”
Lo atendía Humberto Rep, y estaba en el cruce de la Ruta a Los Toldos y el camino a Junín
“Almacén de Casaza”
Estaba frente a las vías del FFCC camino a Bragado, detrás del cementerio.
“El Almacén de España”
Ubicado en Villa Elba.
El “Boliche de Clemente Spera
También en Villa Elba.
“Almacén de Andrés Rossi”
Existió en 1915 también en Villa Elba.
“Boliche de Bellome”
De Urbano Bellome y después de Eduardo Cavanagh.
El “Boliche de Peralta”
De Juan Elías Peralta, data de 1940, despacho de bebidas, fonda, almacén era donde se corrían carreras cuadreras.
“Almacén de Benito Andrés”
Era boliche, despacho de bebidas y surtidor de combustibles. Ubicado frente a los silos de la Cooperativa.
“Almacén de Santos Rossi”
En el Barrio Las Ranas.
“La Pobrecita”
De Agustín Morosini, data de 1940, y estaba en Villa Elba.
“La Argentina” (También conocido como “Parada de los Carreteros”)
Data de 1850, de La Flia. Unchalo y luego de Enrique Villareal.
Un poco mas cerca en el tiempo
El “Boliche de Orona”
De “Perico” Orona, almacén, comestibles, y despacho de bebidas.
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Texto: Anabela Bowen.
Publicado en: www.obrienciudad.com

miércoles, 25 de junio de 2008

Almacenes en la patagonia, Los Tamariscos

Desde el pueblo de Colonia Sarmiento, en el sur de Chubut, la Ruta Provincial 20 va hacia el noroeste de la provincia y luego de recorrer 125 kilómetros llega al caserío Los Tamariscos, donde hay un barcito patagónico perdido en medio de la nada. Allí vive la señora Gertrudis Bohme, quien atiende personalmente su barcito frecuentado por algunos hombres de campo y también por unos pocos turistas que paran a comer.
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El edificio fue históricamente el almacén de ramos generales de Los Tamariscos –que tiene quince casas–, fundado en 1938 por los padres de “Trudy”, unos inmigrantes alemanes llegados a la Patagonia en 1918. El lugar también funcionó como hospedaje y restaurante para los viajeros que venían en auto desde Esquel o Río Senguer hacia Comodoro Rivadavia. El propio padre de Trudy levantó con sus manos las paredes de caña y barro con paja de trigo y techo de chapa.
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En 1967, Trudy heredó el almacén, que conserva su mostrador de madera pinotea donde se despachan todavía las típicas ginebras y productos básicos en general. Y aquí vivió siempre con su familia hasta que se fue quedando sola, cuando sus hijos se comenzaron a ir. A medida que se iban desocupando los siete cuartos, Trudy fue llenando los espacios vacíos con objetos históricos que recolecta en la zona y armó el Museo Regional Los Tamariscos, dentro de su propia casa.
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El singular museo exhibe ahora una colección con centenares de puntas de flecha recogidas en la zona, una victrola que perteneció al cacique Juan Canquel y un sinfín de antigüedades de campo. El bar y museo de Los Tamariscos está dentro de un circuito turístico del sur de Chubut llamado Huellas de Pioneros, cuyo punto central de atracción es el Bosque Petrificado de Colonia Sarmiento.
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Fuente: Julián Varsavsky, publicado en Página 12 27/05/2007
Foto: Santiago Gaudio

martes, 24 de junio de 2008

De pulquería a poolpería

Orígenes: algunas definiciones llevan a Santiago de Compostela, a la Colonia Vela, de las novelas de Osvaldo Soriano, o a precisiones del Inca Garcilaso.
Sobre el origen de la palabra pulpería se puede discutir indefinidamente desde profundas trincheras etimológicas y costumbristas. La exageración vale si se comienza por entender lo de pulpa (origen carnoso) o lo de pulque (origen de antiguo trago mexicano que se saca del magŸey o pita), y se cierra el primer capítulo con alguna enciclopedia española que la sentencia como una voz tolteca (para polemizar más: en lengua pampa, pulcú es aguardiente).
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Esto quedaría allí si no existieran los pulpos ni los españoles conquistadores. Es que éstos vinieron de rías y puertos donde los pulpos abundan para estremecimiento de los amantes de picadas marítimas (por las calles de Santiago de Compostela, no es difícil encontrar una pulpería con esa designación, sin gauchos claro, pero con tragos y entremeses).Y toda esta confusión concluiría si fuera contundente lo del Inca Garcilaso de la Vega, que dio cuenta de que en una taberna halló a los pobres vendedores intentando la venta de un pulpo. En esto se apoyó tres décadas atrás el periodista León Bouché, en uno de sus trabajos sobre las pulperías.
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Más cerca en el tiempo, conviene rescatar el final de una charla sobre el tema, desovillada por quien esto escribe con Osvaldo Soriano, el desaparecido escritor, entrañable amigo. Grabábamos en Tandil -para la televisión, quince años atrás- un breve repaso de su vida como periodista y escritor. Corridos hasta la cercana Colonia Vela, población muy aludida en sus novelas, hicimos allí los últimos bloques del programa donde apareció el escenario ideal: "Hacemos el último bloque en una poolpería", fue la determinación que trajo sorpresa y risas. Es que un descubrimiento casual hizo que las cámaras quedaran instaladas en un boliche frente a la estación, donde varios chacareros de bombacha, rastra y alpargatas jugaban al pool.
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Al por mayor
Las eruditas versiones de enciclopédicos como Tito Biraben y Félix Coluccio, entre otros, coinciden en definir las pulperías como una suma de almacén, tienda, taberna y casa de juego de campaña, abastecida de bebidas fuertes y vino Carlón, que se bebía en cilindros de hojalata. Sarmiento le agregaba a la pulpería su condición de club, y el francés Alfredo Ebelot, la distinción que jerarquizaba a las llamadas esquinas.
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Altos y guapos
El marino inglés Emeric Essex Vidal -en 1819- las consideró chozas miserables y sucias, aunque hablaba de la posta, que era una pulpería y a la vez modesta posada. La clientela -supuso- no gustaba del vino, sí de la caña hasta el último penique; y, aseguró, que el gaucho canta penosas canciones. Pero Charles Darwin, que se topó con una pulpería por primera vez en Uruguay, cerca de Las Minas, reparó en la apariencia chocante de los gauchos, "altos y guapos", anotó, llenos de altivez, el pelo largo y en bucles sobre la espalda.
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Cunninghame Graham descubrió que lo más a mano que el pulpero tenía era el facón y una pistola. Pero hizo una buena descripción de la reja de madera a lo largo del mostrador, con una portezuela para alcanzar la bebida. Coincidió con Sarmiento en lo de club, y habló del payador, del convite con Carlón, de las riñas a primera sangre y de una decrépita anécdota del gaucho Carancho (seguro, González, lugarteniente de Rosas en Monte).
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Fuente: Texto Diario La Nación, Foto Pilar Bustelo 28/05/1999

domingo, 22 de junio de 2008

Pulpería "El Torito"

El almacen de ramos generales, Pulpería y Despacho de Bebidas "El Torito" data de 1880. El establecimiento es de estilo Colonial Español continúa su actividad hasta el presente, a la vera del Camino Real. Al histórico y viejo Almacén concurrieron muchas personalidades del ambiente artístico, político y cultural. Se filmaron escenas de telenovelas y fue motivode tomas fotográficas y cuadros al óleo. Comentada por los medios radiales y escritos.
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Verdadera proveeduría rural, lugar de entretenimiento y esparcimiento del gaucho. Se pueden adquirir aquí productos de talabartería, aperos gauchescos, alpargatas, etc., o tomar un trago en sus largos mostradores y observar parte de las rejas, que antiguamente impedían el saqueo de los cuatreros. Atendido por el pulpero, el personaje más importante del lugar, del cual dependían los lugareños y los peregrinos.
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Una de las últimas pulperías y paraje antiguo de la provincia de Buenos Aires y única en esta ciudad. Su valor estético e histórico, está dado por su construcción original, tipo capilla, de ladrillos asentados en barro y adobe, con pisos de pinotea y ladrillos de 123 años figura por su importancia en los libros de historia y es permanentemente concurrida y filmada por todos los medios televisivos. En sus palenques es común ver atados los caballos de los gauchos y éstos con sus vestimentas típica.
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Fuente: www.intersur.com.ar/eltorito.htm

Pulpería "San Gervasio"

Se encuentra ubicada en la ruta provincial 50, límite entre los partidos de azul y Tapalqué.
Este almacén pulperia data de 1855 y es el decano de todos los comercios existentes en la campaña Azul-Tapalqué. Conserva todos los rasgos característicos de la época en que fué construido: el piso original de tierra apisonada, la reja de protección en el mostrador de atención al público, las puertas y ventanas, la galería bajita, y una colección de herramientas de laboreo del campo, dignas de un museo vivo de la producción y el trabajo rural.
Desde hace tres generaciones, la pulpería es atendida por la familia Toso; quienes relatan infaltables cuentos del lugar mientras el visitante se toma una cañita.
En la actualidad es propiedad de la Congregación Salestiana, por donación, (a fallecimiento) de la Sra. Luisa Saint Andrea de Compodónico.
Es un lugar de paso obligado si visita Azul.
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Fuente: Turismo en Azul (www.turismoenazul.com.ar)
Fotos: Diario Clarín.

Trágica reyerta en una pulpería por Dolores

Un hecho real recreado por Justo P. Sáenz nos retrotrae a una pampa de bravos gauchos que medían su coraje.
Si en la extensa provincia de Buenos Aires tuviésemos que señalar la zona en que hubieron de conservarse por más tiempo las auténticas tradiciones, como rincón gaucho, señalaríamos sin dudar el paraje de la extensa Cañada del Vecino.
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Quienes hoy disparan por la ruta 2 a Mar del Plata, debieran saber que a unos 20 km después de pasar Dolores, a la derecha, se abre un camino de tierra que se interna en aquella especialísima región, pasando enseguida las vías del viejo F.C.S. y la estación Parravicini, e ingresando en el partido de General Guido, sigue hacia el Oeste y luego al Sur para reaparecer en Maipú.
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Desolados campos bajos, otrora riquísimos en pajales de amarillenta espadaña, comarca de variadísima avifauna. Pagos gauchos si los hubo, compuesto de enormes latifundios, con centenarias estancias como "La Quinua", "Navas", "Barrancas Coloradas" (donde vivió Benito Lynch), "Palenque Chico" (de Ambrosio Juan Althaparro) que además algunas fueron postas de la galera que iba de Dolores a Ayacucho.
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Por allí se vieron los últimos gauchos de chiripá y medias blancas, y pulperías y esquinas famosas poseedoras de enrejados mostradores y con cubiertas de paja, teja francesa o azotea, que constituyeron centros de negocios y sociabilidad y cancha de diversiones y reyertas.
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Todo se perdió cuando se construyó el canal 1 que desecó los bañados y lagunas y que arreó también con todo el bicherío que los habitaba. Pero así y todo no se borra en mi recuerdo. Allí fue que ocurrió, lo que les cuento ahora. Enclavado en este particular lugar se hallaba una pulpería renombrada. Un día sucedió en ella un drama sangriento (tal como lo presenta La Patria , importante diario de Dolores, del miércoles 16 de abril de 1879): "Anteayer, se encontraba, entre otras personas, en la Casa de Negocios de don Leandro Sánchez, conocida por de Escudero y situada en el «Palenque Chico», partido del Vecino, el dicho Sánchez un moreno llamado Pedro Telmo, autor de varios crímenes cometidos en el Norte de esta Provincia.
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"El segundo de los nombrados en uno de los versos le dijo al primero que ambos eran parientes a lo que este le contestó en otro de sus cantos que no lo extrañaba pues el padre le había dicho que tenía unos parientes negros. Parece que esta contestación le desagradó de tal manera a Telmo que levantándose del asiento en que se hallaba, acometió a Sánchez cuchillo en mano infiriéndole una honda herida.
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"Sánchez al sentirse herido sacó su rewólver (sic) y descerrajó un tiro sobre Telmo que en esos momentos estaba parado en una de las puertas que da salida al patio de la casa, yendo la bala a depositarse en una de las piernas de aquél.
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"Telmo trató de huir, pero fue seguido por Sánchez que en el acto consiguió darle alcance y quitarle el cuchillo que aún conservaba con el que le infirió varias heridas. Sánchez desfallecido murió casi inmediatamente. Cuando volvieron por Telmo, éste era ya cadáver.
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"Los anteriores son los únicos datos que hasta ahora hemos podido tener sobre el particular. De las averiguaciones que hemos hecho, resulta que ninguna enemistad existía entre Sánchez y Telmo."
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El folklorista y escritor Justo P. Sáenz (h.) en una nota publicada en 1965 en LA NACION, sobre "Cantares Argentinos" parece haber conocido este hecho pues refiere: "Existe otra «desgracia» aunque no la he oído cantar ni recitar, me consta existe y fue muy popular otrora en Dolores y el Vecino. Proviene de una riña a facón acaecida en 1887 [el hecho ocurrió como vimos en 1879] en una pequeña pulpería que quedaba sobre el viejo camino a Mar del Plata...
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"El dueño de esa pulpería (un par de ranchos de «chorizo» y paja de techar, cuanto más), un cierto Sánchez (creo que su nombre de pila era Abdón), hombre bravo, pero serio y honesto, diestrísimo en el manejo del cuchillo, que después de haber servido en los fortines de la frontera y resultar vencedor en muchos duelos de arma blanca, había resuelto cambiar radicalmente de vida, instalando este negocito -con capital agenciado, seguramente, con cueros de nutria y pluma de avestruz o de mirasol- en medio de aquella desolada planicie.
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"Y quiso la suerte de Sánchez que una mañana llegase a sus palenques, con caballo de tiro un mozo ágil y vigoroso, bien puesto, de chiripá de merino negro, nazarenas de plata, botas de potro, tirador lujoso y chamberguito redondo afianzado con barbijo. Desmontó el forastero, ató sus caballos y arrimándose a la reja del mojinete pidió una ginebra, invitando al pulpero a beber otra con él.
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"Así se dio principio a una cordial aunque parca conversación, en la que el joven dijo venir de un partido del Norte, «pasiando» no más, con ganas simplemente de conocer nuevos pagos...
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"A la tercera compartida vuelta de bebida -hubo testigos que informan cabalmente de los hechos- el forastero confesó a Sánchez que en realidad no eran los mencionados los motivos de su viaje, sino el deseo de probarse, facón en mano, con él, pues conocía de mentas su pericia de «cuchillero» y deseaba ardientemente aprenderle algo de un arte que le había dado tanta fama. Proponía el visitante se hicieran unos «tiritos a primera sangre», esto es, tajearse la cara simplemente, resultando ganador el que lo lograra antes.
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"Sánchez se excusó firmemente porque él -expresó- ya estaba retirado de esas cosas. Ahora era hombre de trabajo, tenía familia, llevaba una vida tranquila y por nada del mundo volvería a lo de antes. ¡No! No quería saber más nada. Además se consideraba viejo, de modo que...
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"Pero insistió el forastero y a la cuarta copa convenció a Sánchez que no era cuestión de que le hubiera hecho hacer de balde «tan larga galopiada y más en tiempo de invierno...»
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"Rezongando contra su destino, el pulpero salió del rancho por su única puerta y, muy cortés y mesurado, aproximóse al mozo, que ya se había zafado las espuelas y acortado el chiripá bajo el ancho alero de junco. Se sacó entonces las botas y la chapona, atándose un pañuelo a la cabeza para aprisionar la melena. Luego midieron ambos la longitud de sus armas casi ceremoniosamente y ya liados los ponchos al antebrazo izquierdo cayeron en guardia frente a frente en lo que llamaban el patio...
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"Y tajo aquí, hachazo allá, tintas, quitas, viboreantes reveses, leves brincos de costado, aquellos hombres «cuerpos de gato», en los cuales la pasmosa elasticidad de su cintura constituía el eje de la defensa no se alcanzaron en lo que ahora denominaríamos el primer round. Chispearon y ludieron bajo el sol de la media mañana las hojas de los facones, hasta que los contendientes, empapados en sudor, pese a lo bajo de la temperatura, resolvieron de común acuerdo descansar un rato, después de ponderarse recíprocamente la excelente «vista» de que estaban dotados.
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"Previo un trago de agua y no de ginebra, del pozo cercano, se reanudó el lance con igual entusiasmo y espíritu deportivo, pero parece que ya los adversarios no tenían como blanco exclusivo sus caras curtidas y afanosas, porque en el primer «dentre» quedaron muertos los dos.
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"Las gentes de El Vecino todavía «gaucho» -si se me permite la expresión- y fieles al culto de quienes supone sus héroes, recordaron desde entonces esa pelea en unas décimas que, repito, no he podido aún conseguir."
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Este hecho debe ser el mismo que narró el diario La Patria , demostrando que la ficción de este talentosísimo escritor, aún respetando el hecho tradicional, fue capaz de elaborar una recreación decididamente de más hermosa profundidad y fiel conocimiento del folklore.
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Fuente: Carlos A. Moncaut, publicado en La Nación (19/01/2008)

jueves, 19 de junio de 2008

El mostrador, confesionario del barrio

Hasta fines de los años 30, al vino se lo recibía en barricas y bordalesas, desde Mendoza y con menor frecuencia desde San Juan y Río Negro, y se lo trasegaba a damajuanas y botellas de vidrio de un litro. A partir de entonces, la Junta Reguladora de Vinos obligo a que el producto se envasara en el lugar de origen para evitar -se dijo- que fuera adulterado en los locales de venta. Pero luego se autorizaron plantas envasadoras del vino llamado común o de mesa, como se dice en Europa, en lugares distantes de las bodegas cuyanas, muchas de ellas cerca de la Capital Federal.
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El vino se transportaba a granel en vagones tanque, por ferrocarril desde los viñedos hasta esas plantas envasadoras.
En los despachos de bebida -boliches- se había vendido hasta entonces vino que se extraía, a la vista de los parroquianos, de la bordalesa de origen, a medida que se necesitaba. Solo venían en botellas las denominadas bebidas blancas o destiladas (casi siempre caña, ginebra o grappa), el vermout, el aperital, el fernet y el anís.
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En el interior de esos bares se percibía un olor habitual que, básicamente, sustentaban los vapores del vino, al que se sumaban el del humo de tabacos negros y, seguramente, algunos humores humanos.
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Rara vez se vociferaba en su interior, como si el alcohol o el humo asordinaran las palabras en lugar de excitarlas. Ni en los entreveros del truco se permitían destemplanzas de taberna, como si las altisonancias se economizaran para dilapidarlas tan solo en hipotéticas pendencias. Pero casi nunca había riñas, porque ser provocador equivalía a perder el acceso a sus tertulias.
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Las voces mas fuertes solían proceder del exterior, que emitían quienes jugaban en la cancha de bochas anexa, el otro ámbito de expansión masculina.
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Sus mostradores solían tener un tramo forrado en chapa de estaño (con un grifo largo y curvo, habitualmente rematado en un pico de ave, por el que salía el agua destinada a enjuagar los vasos). De ahí que, figuradamente, 'tener estaño' era ostentar experiencia de vida, cimentada en el frecuentemente socializador del despacho de bebidas y en otras ásperas aristas de la lucha por la existencia.
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Sus nombres fueron una colección de ingenio: El Parejero, La Peoresnada, Por si la pego, el 43, La flor del pago. En Tandil, uno se llamo Firpo en homenaje al Toro Salvaje de las Pampas. En la ultima recta de uno de los caminos que conducen a Bolívar, todavía puede leerse en las paredes de una tapera 'La ultima copa'.
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En Las Flores, frente al galpón de locomotoras del Ferrocarril del Sud, se hallaba El Chanta Cuatro, en alusión a su cancha de bochas. Los del barrio apocopaban su nombre: sin que Domingo Rizzo, su propietario se ofendiera, los parroquianos lo llamaban El Chanta.
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Mas sorprendente: En el ultimo recodo del antiguo camino de tierra que lleva a Rauch, pude leer muchas veces, antes de perder su pintura original: Bar La Amistad, de Pelela y Meaca. Y no era humorada, sino los verdaderos apellidos de los ciudadanos que integraban esa razón social.
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Fuente: Hugo Nario. Diario La Nación

jueves, 12 de junio de 2008

Historia del "Boliche la Curva"

Referencia obligada en la ruta a Claromecó, el Boliche La Curva quizá constituya el último almacén de campo de la región que permanece activo y en pie. Nacido hace más de medio siglo para brindar esparcimiento a los peones rurales, los avances de la vida moderna le han jugado una mala pasado y hoy apenas sobrevive. No obstante, ha conservado su espíritu y rasgos distintivos, convirtiéndose en reservorio cultural y arquitectónico de los tresarroyenses. "El Periodista", que tomó una copa en el lugar, escribe su historia.
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El paisaje que ofrece la ruta 73 a lo largo de su breve extensión destinada a unir Claromecó con la ruta 228 puede resumirse así: llanura, árboles, una laguna, varios accesos a campos, un par de escuelas rurales y el Boliche La Curva, que lleva ese nombre porque está emplazado a la vera de la carretera en un sitio donde ésta presenta un reviro.
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Este típico almacén de campo, que constituye un inconfundible punto de referencia en el camino al balneario y goza del raro privilegio de ser uno de los pocos negocios de su tipo que quedan en la región, comenzó sus actividades hace algo más de medio siglo. En ese entonces el trazado que lleva a Claromecó y otras localidades del partido era de tierra, los campos estaban poblados por trabajadores y los medios de transporte eran menos y más lentos.En este contexto, un señor llamado Nieva consideró que dicha curva era un punto estratégico para montar un comercio que ofreciera algo de esparcimiento a los numerosos empleados rurales que se aburrían soberanamente después de cada jornada de trabajo. Así fue como instaló en el lugar un par de casillas de madera bastante amplias y comenzó a vender bebidas, algunos comestibles y otros productos necesarios para la vida en el campo.
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Bastante rápidamente el negocio comenzó a dar frutos. La gente concurría casi a diario al boliche para tomarse un trago, jugar a las cartas o comprar alguna cosa que pudiera estar necesitando, como por ejemplo elementos para el aseo personal.A comienzos de 1960 el almacén cambió de dueño. Se hicieron cargo del mismo Ernesto Damboreana y su esposa, quienes inmediatamente levantaron la construcción que actualmente permanece en el lugar y que tiene como vecina un escuelita rural.A partir de aquel cambio de titular y fisonomía, el Boliche La Curva se popularizó aún más entre los peones rurales de la zona, y con la llegada de la ruta asfaltada muchos viajeros comenzaron a detenerse para beber una copa, hacer alguna compra o simplemente para tomarse un descanso.Armando Funes, un cliente histórico del lugar y amigo de la familia Damboreana, recordó que el comercio tuvo su mejor época en la década del '70. "Era normal que llegaran a juntarse hasta 20 personas", dijo. Casi todos los clientes eran trabajadores de campo que provenían de los establecimientos rurales de las familias Guisasola y Pascal, ubicados a escasa distancia de La Curva.
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A partir de los años '80 el boliche comenzó a perder público, y ya en los '90 no ingresaban al lugar ni 20 personas a la semana.Tras el fallecimiento de Ernesto Damboreana hace algo más de 7 años, su esposa dejó a cargo del negocio a Oscar Colantonio, quien alguna vez estuvo al frente de la cantina del club Argentino Junior y fue propietario de un bar que estaba situado en Brandsen y Constituyentes. Colantonio, que tiene 64 años y prefiere que lo llamen "El Cáscara" porque así es como todos los conocen, aseguró que el comercio se mantiene abierto porque él vive allí y porque los escasos ingresos que se generan todavía le permiten abastecerse de una escasa gama de productos.La realidad indica que La Curva es uno de los pocos almacenes de campo que han logrado sobrevivir a duras penas a los cambios que en las últimas dos décadas se han producido en las áreas rurales.
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La notoria disminución de la mano de obra, a lo que se suma al hecho de que las distancias entre el campo y la ciudad se han acortado gracias a la velocidad y maniobrabilidad de los nuevos vehículos, fue obligando a la gran mayoría de los comercios campestres a cerrar las puertas. Por su parte, el negocio situado junto a la ruta 73 quizás ha logrado mantenerse porque, a pesar de que son muy pocos los viajeros que se detienen o los campesinos que lo visitan, su ubicación junto a un camino asfaltado todavía le resulta beneficiosa debido a que el tránsito es mucho más importante que el que se registra en los polvorientos trazados rurales."Ya no quedan más boliches de campo. Desapareció La Nueva Porteña, también desapareció el que tenía Etcheto en Hueso Clavado y el boliche El Cuervo también hace muchos años que ya no existe. Lo que ocurrió es que se fueron extinguiendo por el avance de la tecnología. Ahora, cualquier empleado de campo de la zona tiene algún autito que en una hora o menos lo lleva a Necochea, Tres Arroyos o Claromecó.
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Así que en un lugar como este sólo paramos algunos por simple costumbre", dijo Funes, quien reside en San Francisco de Belloq y, como viaja todos los días a Tres Arroyos, se encarga de llevarle a su amigo los pedidos de mercadería que necesite. Oscar es el único habitante de La Curva. Sus vecinos más próximos están a unas cuantas decenas de cientos de metros. Sin embargo, este solitario ha encontrado en el histórico edificio su lugar en el mundo, su refugio ideal. "Vivir acá es de lo más tranquilo y tengo la seguridad que no hay en la ciudad", dijo. La radio, un televisor blanco y negro que sólo le brinda la posibilidad de ver dos canales, dos perros y los animales de su pequeña granja, son sus únicas compañías en el despoblado hábitat.La modernidad, claro está, no ha llegado al Boliche La Curva y por ello todo el sitio evoca un estilo de vida que era común en el campo en otros tiempos.
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Las paredes están decoradas con varias fotografías de valerosos domadores de caballos en plena faena y un cuadro con la formación de Boca Juniors del año 1934, que "El Cáscara", aún sin haberlos visto jugar jamás, es capaz de repetir de adelante hacia atrás y también al revés. La energía eléctrica del lugar la suministran dos baterías de 12 voltios, que sólo son empleadas para que funcione el televisor. La iluminación del ambiente, en tanto, la brinda un sol de noche posado sobre un estante ubicado en el mostrador de madera, detrás del cual lucen, sobre un aparador algo desvencijado, las botellas de distintas bebidas. "Antes hubo un generador de energía, pero se lo robaron", comentó Colantonio.La oferta del almacén es ciertamente reducida, pero como dijo su encargado, "tengo todo lo que un boliche tiene que tener". Si alguna vez entra al lugar no se le ocurra pedir alguna comida caliente, la casa solamente le ofrecerá algún sándwich frío y las típicas bebidas que se encuentran en los bares: ginebra, caña, Gancia, Cinzano, cerveza y gaseosa. Eso sí, si lo que anda buscando son gallinas, patos o gansos, ya sea vivos o muertos, "El Cáscara" lo llevará hasta su criadero, le dirá que elija el animal que más le guste y podrá llevárselo a un precio muy razonable.
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"Yo no tengo demasiado que ofrecer para que coman, apenas dispongo de sándwiches. Lo que pasa es que no podés tener comida para ver si la vas a vender porque lo más probable es que termine tirándola a la basura. Además, acá me manejo para todo con gas, incluso las heladeras son a gas, y con lo que cuesta no da para andar cocinando demasiado", dijo Oscar.A pesar de todo, "en épocas de cosecha suele venir algún camionero o los tanteros, y en verano los conocidos que van para Claromecó casi siempre se hacen una paradita para saludar y tomarse algo o comprarme una gallina. Pero en el invierno, pibe, esto está muerto".El Boliche La Curva está al lado de una esuela rural, pero ni siquiera eso le reporta algún beneficio, ya que en 2003 concurrían apenas cuatro chicos y la perspectiva es que este año sólo haya dos alumnos. En este sentido, Funes comentó que "la escuela se hizo cuando por acá había muchos puesteros, pero ahora la cosa es muy distinta". Y vaya si lo es.
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El "Cáscara" Colantonio, encargado del Boliche "La Curva"
y Armando Funes, cliente de la casa y amigo del bolichero.
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Fuente: Periódico "El Periodista de Tres Arroyos"

martes, 10 de junio de 2008

Pulpería Mira-Mar

El viernes por la tarde comprobamos que, si bien la máquina del tiempo aún no ha sido creada, es posible viajar al pasado.
Cumpliendo con la tarea de contar historias del campo y su gente, y sobre todo de nuestra región, viajamos al paraje Mira-Mar, (30 km de Bolívar, camino Real, que une la ruta 65 con Carlos Casares) en donde se encuentra la pulpería homónima.
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En la actualidad es propiedad del Sr. Mariano Urrutia, nieto de su fundador, Don Mariano Urrutia, quién la levantara ladrillo a ladrillo, allá por el año 1891. El nombre Mira-Mar, proviene del palacio Miramar, donde la Reina María Cristina veraneaba frente a las costas de San Sebastián, España, a finales del siglo XIX.
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Al llegar fuimos recibidos por el Sr. Urrutia y su Sra, luego se unió a la conversación el Sr. Berthold, pulpero y encargado desde hace 40 años. Si bien fueron muchas las anécdotas que nos contaron en una charla cargada de nostalgia y de recuerdos, donde las emociones se entremezclaban.
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En esta entrega brindaremos las fotos obtenidas, dejando que cada lector se vaya sumergiendo en un tiempo que ya fue... pero que todavía lo podemos vivir. Nos queda la deuda de contar su historia en función de la pulpería y la de las personas que por ella pasaron.
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Texto y fotos: Revista Conciencia Rural

domingo, 8 de junio de 2008

Las viejas pulperías

La provincia de Buenos Aires conserva intactas pulperías, esquinas de campo y almacenes de ramos generales que en antiguos tiempos fueron lugar de reunión para los gauchos de las pampas. La pulpería era hasta principios del siglo pasado el establecimiento comercial
típico de las regiones rurales, que proveía a los pobladores de todo lo necesario para la vida cotidiana. Las esquinas de campo y almacenes de ramos generales cumplían básicamente la misma función.
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Eran lugares donde se podía tomar bebidas alcohólicas, se realizaban riñas de gallo, se jugaba a los dados, a los naipes - especialmente al truco -, a las bochas, y se organizaban carreras de caballos llamadas cuadreras con sus respectivas apuestas. También eran frecuentes los "duelos criollos" por el amor de una mujer. Hoy es posible recorrer en varios pueblos bonaerenses, estos lugares que aún guardan en sus paredes los secretos de una rica historia, plagada de anécdotas donde el gaucho es el principal protagonista.
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En Mercedes, está la Pulpería de Cacho Di Catarina, cuya construcción se remonta hacia 1830, y en su exterior conserva su fachada intacta con su palenque donde los reseros ataban sus caballos. Tiene un antiguo galpón que fuera destinado a depósito de mercadería, y un sótano donde cumplía la función de mantener fresca las bebidas. Cerca de allí está el Almacén de Ramos Generales Rachi, que funciona desde 1930 y posee características arquitectónicas de la época. También el Almacén El Trompesón, antigua casona que data de 1910 que funciono como almacén rural, y actualmente es despacho de bebidas, picadas de campo y parrilladas.
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Los almacenes de ramos generales Lo de Pipi, Hermoso y Casa Buena, completan esta anónima de lugares históricos. En San Antonio de Areco, está La Blanqueada, y detrás de esta pulpería, hay antiguas máquinas de moler trigo, una carreta colonial con ruedas de dos metros de alto, viejas diligencias y un ombú centenario. Luego se desemboca en el Museo Gauchesco, que recrea una estancia del siglo XVIII, donde se expone todo el mobiliario que usaban los antiguos dueños de la tierra: una cama de caoba que perteneció a Juan Manuel de Rosas, la imaginería religiosa que había en los oratorios privados, un arcón, un reloj inglés, una caja fuerte de Marsella, y en una vitrina, los famosos patacones, que en 1840 eran la moneda de la provincia. En Exaltación de la Cruz, se puede visitar Los Ombúes, pulpería donde se expenden bebidas a través de una verja que protege el ventanal. Enmarcada entre dos ombúes, se destaca por su fama trágica y las peleas a facón.
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En Chivilcoy, aparecen La Colorada, distinguida por sus muros enrojecidos desde hace más de 130 años; y el Almacén de Ramos Generales El Recreo, hoy museo con estanterías originales y una lista inagotable de objetos de época, entre los que se destaca una caja registradora de 1870, además de la cartelera publicitaria de fin de siglo y marcas desaparecidas de latón enlozado. En Baradero, está el Almacén de Ramos Generales y Club El Torito, inaugurado en 1880.

Texto: DyN