lunes, 7 de septiembre de 2009

Bar de Delio Beltrame

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Felicitaciones a la gente de "Campo en Acción" por documentar en video estas historias de boliches y compartir este material con nosotros.
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Libros y publicaciones

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Historia de las Pulperías

Contratapa:
La Historia de las Pulperías muestra con claridad cómo eran aquellos "boliches" según las épocas y el hecho geográfico; las leyes que reglaron la actividad de los pulperos, los impuestos que debieron abonar.
Páginas que explican cuán poco ha cambiado el alma de los hombres y algunas estructuras sociales que aun perviven; todo trasmitido por la prosa ágil y penetrante de Jorge A. Bossio que, a través de la leyenda de las rejas, de los mostradores o de las costumbres gauchescas, descubre un panorama desconocido de aquella institución que se enseñoreó en el campo y en la ciudad.
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Autor: Carlos A. Bossio, publicado en el año 1972 por Editorial Plus Ultra, 312 Pag.

jueves, 20 de agosto de 2009

La pulpería de Loma Limpia

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Felicitaciones a la gente de "Campo en Acción" por documentar en video estas historias de boliches y compartir este material con nosotros.
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jueves, 16 de julio de 2009

Almacén de ramos generales


Lugar destacado de los pueblos y ciudades pequeñas, el almacén de ramos generales, sucesor de las viejas pulperías y antecesor de los modernos supermercados, ocupa un lugar preponderante en los recuerdos de mi infancia.
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La misma transcurrió en una chacra, a dos leguas del poblado más cercano, y la visita semanal al almacén constituía para mi todo un acontecimiento.
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Recuerdo a mi padre, atando los caballos que tiraban de la vieja americana en que nos trasladábamos al palenque que marcaba el límite entre la vereda y la calle polvorienta. El edificio lucía sólido y, a un costado, imponían su presencia dos surtidores de combustible, accionados a mano, para el expendio de nafta y querosene.
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Ni bien trasponíamos el umbral, nos recibía un penetrante aroma en el que se conjugaban el que emitían las especias, el café en grano, el cuero de los aperos, los quesos apilados en el mostrador y los chacinados, colocados en una fiambrera, con el olor rancio proveniente del despacho de bebidas contiguo donde predominaba el del tabaco negro que consumían los parroquianos en cigarrillos liados a mano o desgastadas pipas.
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Con una parte del piso de ladrillos y otra de madera, aquello era un mini mercado persa.
En el salón principal, el de piso de ladrillos, atravesado por un mostrador bastante mugroso, se hallaba el almacén propiamente dicho.
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Sobre la pared del fondo, en una estantería de madera alguna vez lustrada, se podía encontrar desde la mecha para un farol hasta los cordones para zapatos, pasando por el hilo para coser ropa como el de atar chorizos o el sisal, de usos múltiples, jabones de tocador o de lavar ropa, limpiadores, cuchillos, bombillas, mates y una cantidad interminable de artículos de uso diario.
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En la parte inferior, en cajones con tapas deslizantes, el azúcar en terrones y fideos varios, que se expendían en paquetes armados con papel de estrasa.- La yerba, en cambio, se vendía en bolsas de arpillera de 5 kg..
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En el extremo izquierdo del mostrador, reinaba la balanza de platos y en el derecho, la pila de quesos, protegidos por una especie de campana de vidrio, y la fiambrera.
La pared anterior la ocupaban los aperos y herramientas: pecheras, yuguillos, cinchas, pretales, serruchos, martillos, grandes tronzadores, morsas, leznas y todo lo necesario para las tareas rurales.
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En el lateral derecho, la tienda donde, sobre un mostrador mucho mas decoroso y pequeño que el otro, se apilaban bombachas, camperas, camisas, cinturones, boinas comunes y con borla roja, propia de los domadores, fajas negras y multicolores y las célebres alpargatas de yute marca “Rueda” y “Luna”, cuyo fabricante patrocinó la edición de los almanaques ilustrados maravillosamente por Molina Campos.
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Había también espacio para las barricas de vino y las que contenían las tripas conservadas en sal que se utilizaban en las carneadas.
Por el lado izquierdo, y a través de una arcada, se pasaba al despacho de bebidas, servidas sobre un mostrador con cubierta de estaño y en vasos de vidrio grueso, enjuagados de apuro en un fuentón de chapa zincada puesto sobre el piso del lado del despachante llenado con el agua que proveía una bomba sapo colocada a un costado.
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En la trastienda funcionaba el “escritorio”, donde se controlaban las libretas, precursoras de las actuales cuentas corrientes, que saldaban los chacareros no más de una o dos veces al año, cuando levantaban sus cosechas.
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A él accedíamos cuando mi padre arreglaba cuentas o, cuando apurado por algún imprevisto, necesitaba efectivo para salir del paso, porque también ese aspecto social cubría la estructura del almacén con los clientes de confianza.
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A un costado del edificio principal, en un gran galpón de chapas, se acumulaban materiales de construcción, postes y varillas para alambrados, rollos de alambre liso y de púas, torniquetes y una variedad sin fin de insumos para la actividad rural y las pilas de bolsas de arpillera utilizadas en las cosechas.
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Todo era atendido por el padre, tres hijos y algún “habilitado”, como se llamaba entonces al personal que percibía una parte de las ganancias del negocio.-
Mucho tiempo ha pasado desde entonces y del pueblo queda muy poco.
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Los pobladores se fueron trasladando a las ciudades, acercadas por la construcción de rutas y la proliferación de modernos medios de transporte y la piqueta se llevó el viejo almacén de ramos generales junto con una parte importante de mi infancia feliz de chico de campo.
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No obstante, cada vez que tengo oportunidad de pasar por el lugar, me detengo un momento para percibir de nuevo, cerrando los ojos, el aroma de las especias y del café en granos y también, por que no, el rancio olor de tabaco negro quemado en cigarrillos liados a mano o en viejas pipas.
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Fuente: Este texto pertenece a Héctor Bielza, padre de una compañera de trabajo, y es interesante compartir este tipo de historias, que en lugar de ser contadas por historiadores, son narradas por sus propios protagonistas. Esta historia es de la localidad de 9 de Julio, lugar de donde es Héctor.
La imagen pertenece a Alberto Pinciroli

viernes, 10 de julio de 2009

Un "viejo boliche" reciclado en restorán

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Mario Abait me envió algunas fotos de un "Boliche" de sus pagos, en las siguientes lineas, Mario nos cuenta como llegar para visitarlo.
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"Es una vieja esquina reciclada en la zona suburbana de Tandil, sobre la Avda. Estrada en el cruce hacia el Cerro el Centinela para un lado, y para el otro nos vamos hacia el Cerro del Mate."
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Reapertura de la pulpería de Cacho

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El 9 de julio, día del cumpleaños de Cacho Dicatarina, reabrió sus puertas la pulpería.
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El amigo Carlos Vonz viajo hasta el lugar y tiene publicadas fotos y una descripción de lo que ocurrió en el lugar, los invito a visitar su pagina web y ver el contenido completo.

martes, 30 de junio de 2009

Fotos de la Pulpería de Cacho

Gracias a una colaboración de Gustavo Depaoli, podemos compartir algunas imágenes de la pulpería de Cacho Dicatarina y como dice Gustavo en el correo que me envió, algunas fotos de "los muchachos".
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Ahora que ya no esta Cacho, esperemos que la pulpería siga funcionando, y como dice Carlos Vonz, seria bueno que las autoridades del municipio de Mercedes lo declaren monumento histórico y patrimonio de la Ciudad.
Bueno, me dejo de palabras y comparto con ustedes las fotografías.
- Fuente: Fotos de Gustavo Depaoli

domingo, 28 de junio de 2009

Muere “Cacho” Dicatarina, el último pulpero

Hoy al abrir el correo veo que llego uno del amigo Carlos Vonz, administrador editor del sitio web Arcon del Recuerdo, http://www.arcondelrecuerdo.com.ar/ comentando esta noticia.
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A causa de un problema en su salud y a los 70 años de edad. La Pulpería que poseía es considerada como uno de los lugares típicos de la ciudad. Figura en libros y películas. Su último dueño, un personaje que pierde Mercedes.
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Se supo que en la jornada de ayer, viernes, (26/06/2009) falleció en la ciudad de Mercedes, de donde era uno de sus íconos, el “último pulpero” (como gustaba denominarse) “Cacho” Dicatarina. Fue a causa de un problema en su salud y a los 70 años de edad.
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Muchos ya se preguntan qué pasará con la antigua edificación ubicada junto al río Luján y que es uno de los motivos turísticos de Mercedes en su oferta de campo.
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La Pulpería de Cacho es considerada como uno de los lugares típicos de la ciudad. Allí se filmaron varias películas, e incluso una conocida banda de rock local en los 80 llevaría ese nombre de “La Pulpería”. Luego, la imagen de la puerta de acceso al lugar se ha convertido en una de las caras de la ciudad en cuanto a sitios para el turista, al nivel de la gótica Iglesia de San Patricio o el polo gastronómico de Tomás Jofré. También hay algunos libros que incluyen a La Pulpería y su pulpero entre sus páginas.
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“Cacho” Dicatarina supo además participar a caballo y en el formato de agrupación tradicionalista, por distintos desfiles patrios, en la ciudad y representando a la misma en otras. Fue, en el año 1971, partícipe como jugador de fútbol, del equipo que ganó el campeonato de la Liga Mercedina: Club Trocha.
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Para muchos fue un personaje singular y querido, para otros era un mercedino más, pero hay pocos en la ciudad que lo ignoran, seguramente. Últimamente tendría problemas de salud y una desmejora propiciada por las bajas temperaturas habría ocasionado su deceso.
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“Cacho” Dicatarina sabía tener en “La Pulpería” una suerte de museo viviente de la historia local, con recortes de diarios, botellas y fotos de otras épocas, y además juntaba en libros de gran tamaño las firmas de todos los visitantes al lugar, desde hacía muchos años.
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En la vieja construcción de campo –que ostentaba con el mérito de haber tenido a Juan Moreyra entre sus parroquianos– todavía se reunía de cuando en cuando la paisanada para escuchar el duelo entre payadores, y también los hinchas del fútbol pasaban sus tardes previas a los partidos en la cancha de la Liga Mercedina, próxima a La Pulpería y junto al Parque Municipal.
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La muerte de “Cacho” genera ahora dudas de cómo seguirá este emprendimiento, que tenía algo de lugar de encuentro social y algo de ícono turístico. La “última pulpería” se quedó sin el “último pulpero”, y Mercedes perdió a uno de sus personajes tradicionales.

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Fuente: Noticias Mercedinas, http://www.noticiasmercedinas.com/
Foto: Gustavo Depaoli

sábado, 13 de junio de 2009

Un almacén legendario

Todavía es posible comprar bebidas o lechones en el viejo boliche de ramos generales Lasarte, cerca de Tandil.

A casi 350 kilómetros de Capital Federal y a 30 kilómetros antes de llegar a Tandil, el viejo almacén de ramos generales Lasarte Hermanos, enfrentado a la estación De la Canal, constituye un referente de un pasado, no muy lejano, que bien pudo haber
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inspirado alguna de las obras de Molina Campos.
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El edificio es lineal y simple. Dos puertas de entrada tiene el salón, piso de baldosas en damero y, en invierno, está abrigado por una salamandra criolla, de herrería, que irradia calor a los habitués.
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Una barra de madera lustrosa en forma de L, que parece no tener fin, es atendida por parientes y descendientes de los originales dueños.
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Los Lasarte, y más especialmente el finado don Ramón, son de esa raza de bolicheros de alma, que llegó a este sitio desde otro rincón tandilense, Villa Aguirre.
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"Hacía más amigos que clientes", sostiene Zubillaga, uno de los personajes que viven y dan vida al lugar con sus graciosas historias.
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Este paraje ha sido y es, en nuestros días, un alto en el camino de los tamberos, chacareros y hacendados de los alrededores del arroyo Langueyú. Refugio del paisano, verdadero centro de información regional, el almacén Lasarte congrega veladas de truco y alguno que otro torneo de paleta.
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En uno de los rincones de esta construcción, que perteneció hasta 1900 a la familia Girado, y fue adquirida luego por la firma Macaya, se ha improvisado un sector de peluquería "unisex", enfrentado a una pared con más de cincuenta "tazas" de ruedas de automóviles, brillantes, colgadas prolijamente.
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A unos metros de la cancha de paleta -se dice- fue el lugar en el que la banda de gauchos liderados por el legendario Tata Dios (Jerónimo Solane o Solanet) ultimó a todos los miembros de una familia de vascos franceses, el 1° de enero de 1878, gritando "mueran los extranjeros y los masones".
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La gran fiesta
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Estos gauchos malentretenidos tenían pensado además asesinar a Ramón Santamarina, pero un infiltrado avisó a la policía y fueron rodeados y apresados.
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"Según se cree, este gaucho de buenos modales, educado y con fama de santón, terminó sus días asesinado en una cárcel tandilense", refiere Mirtha Mabel Lasarte.
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"Desde entonces no se festeja ningún 1° de año en el poblado", recuerda, a los noventa y cuatro años, doña Josefina Baranthol, "una vecina de toda la vida", que vive en una estancia cercana al almacén Lasarte.
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A mediados de febrero, todos los años la gente de De La Canal organiza un gran picnic a orillas del arroyo Langueyú. En la última reunión participaron 700 personas, consumieron 30 asados de vaca, 1000 chorizos, 3 bolsas de papas, 30 lechones y dos barriles de 200 litros de vino. Habitualmente, señala Oscar Lasarte, "lo que más se toma es cerveza. Mucha caña quemada y caña de durazno. Algo de Hesperidina.Vino solo y gaseosa con Fernet, en el verano, y mucho helado..."
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Fuente: Alejandro Schang Viton, publicado en La Nacón, 02/07/2005

jueves, 28 de mayo de 2009

Almacén "La Porteña" (Trenque Lauquen)

Ubicado en el partido de Trenque Lauquen, en el empalme de la Ruta Nacional 33 con la ciudad de 3 Lomas, fue construido en 1919 por iniciativa de un nieto político del General Justo José de Urquiza. El viejo almacén de ramos generales fue adquirido por un empleado en 1948. “Pese a las adversidades, nunca pensamos en cerrar, ya que queremos demasiado a este lugar”.

En Trenque Lauquen muchos me habían hablado del almacén La Porteña. Comentarios similares, también, habían llegado a mis oídos al recorrer la ciudad de Tres Lomas, ubicada a tan solo 15 kilómetros del viejo almacén.
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A pesar de ser un día feriado (9 de Julio), el boliche tiene sus puertas abiertas. Antes de ingresar, leo atentamente en un pizarrón, colocado a uno de los costados de la puerta principal de acceso, un aviso que anuncia cuando será la próxima misa en el paraje homónimo.
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Todo me recuerda a un tiempo histórico que nunca viví. Por un instante creo estar viviendo en el siglo pasado. Con un gesto amable, María Emilce Mangas, esposa de Edgardo Vagliente, me invita a recorrer las instalaciones de La Porteña. “Este almacén fue comprado por mi suegro en 1948, y desde esa fecha continúa en manos familiares”, comenta orgullosa María Emilce, quien, además, es catequista y delegada municipal del pequeño paraje de 5 familias.
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En 1919, la familia Madero Urquiza, propietaria de grandes extensiones de campo en la zona, y familiares directos del General Urquiza, mandó a construir un almacén para proveer de mercaderías, bebidas y objetos de campo a la región . El objetivo era crear en torno a la estación ferroviaria La Porteña un pueblo.
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Pero por varias razones, entre las que se encuentran las inundaciones, las crisis económicas y las migraciones a las grandes ciudades, el sueño de la familia Madero nunca pudo concretarse. Hoy La Porteña es un almacén, una escuela, una capilla y una vieja estación de ferrocarril cuyos galpones están en manos de la compañía multinacional Cargill.
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Como en los tiempos pasados, la mayoría de las ventas que realiza María Emilce o su esposo se registran en una vieja libreta de almacén. “El fiado es lo que nos permite competir con los grandes supermercados”, comenta Edgardo, mientras baja cuidadosamente de la escalera con una botella de licor para un cliente. “Actualmente, no es muy rentable el negocio, pero nunca pensamos en cerrar ya que eso nos dolería mucho”, relata María Emilce.
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Recados, sogas, plumeros, palas, rastrillos y faroles cuelgan de los techos, de la misma manera que lo hacen una gran cantidad de chorizos, salamines, y jamones de cerdos. Es que el piso y el techo de ladrillos de La porteña, favorecen la conservación de los embutidos al mantener fresco los ambientes.
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“La década del 60 fue la mejor época para nosotros, ya que había muchos chacareros que vivían por esta zona alquilando pequeñas héctareas, y ellos eran nuestros principales compradores”, explica Edgardo refiriéndose al mejor momento del almacén. Emilce, por su parte, confiesa que el peor año fue 1987. “Ese año además de ser triste por las inundaciones, que nos dejaron aislados, falleció mi suegro, quien antes de morir nos pidió que nunca cerráramos las puertas del almacén”.
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A Emilce, los recuerdos de su suegro le generan emoción y lágrimas. Tal vez sea porque algún día tengan que cerrar las puertas del viejo almacén, en contra del mandato familiar, ya que no tienen descendientes.
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Los sucesivos bocinazos de la locomotora estacionada frente a la estación ferroviaria La Porteña irrumpen en la tranquilidad de la tarde. En pocos minutos más partirá una formación de 35 vagones hacia el puerto de Bahía Blanca. Edgardo relata que todos los días sale una formación con cereal de la empresa Cargill rumbo al puerto, y que gracias a la multinacional hay mayor movimiento de gente en el paraje. “Debido a esto nosotros abrimos todos los días, y en el verano que hay mayor cantidad de gente cerramos cerca de la madrugada”.
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Mientras la formación ferroviaria emprende su viaje rumbo a Bahía Blanca, yo hago lo mismo pero en dirección a La Plata. Atrás dejo un pequeño paraje cargado de sueños y de proyectos familiares. En el camino no puedo dejar de pensar en Emilce y Edgardo, en sus sacrificios y aventuras, pero también en el temor de ambos: que algún día La Porteña cierre definitivamente sus puertas.
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Fuente: Juan José Pfeifauf, publicado en la web de la agencia NOVA
www.agencianova.com