domingo, 28 de junio de 2009

Muere “Cacho” Dicatarina, el último pulpero

Hoy al abrir el correo veo que llego uno del amigo Carlos Vonz, administrador editor del sitio web Arcon del Recuerdo, http://www.arcondelrecuerdo.com.ar/ comentando esta noticia.
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A causa de un problema en su salud y a los 70 años de edad. La Pulpería que poseía es considerada como uno de los lugares típicos de la ciudad. Figura en libros y películas. Su último dueño, un personaje que pierde Mercedes.
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Se supo que en la jornada de ayer, viernes, (26/06/2009) falleció en la ciudad de Mercedes, de donde era uno de sus íconos, el “último pulpero” (como gustaba denominarse) “Cacho” Dicatarina. Fue a causa de un problema en su salud y a los 70 años de edad.
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Muchos ya se preguntan qué pasará con la antigua edificación ubicada junto al río Luján y que es uno de los motivos turísticos de Mercedes en su oferta de campo.
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La Pulpería de Cacho es considerada como uno de los lugares típicos de la ciudad. Allí se filmaron varias películas, e incluso una conocida banda de rock local en los 80 llevaría ese nombre de “La Pulpería”. Luego, la imagen de la puerta de acceso al lugar se ha convertido en una de las caras de la ciudad en cuanto a sitios para el turista, al nivel de la gótica Iglesia de San Patricio o el polo gastronómico de Tomás Jofré. También hay algunos libros que incluyen a La Pulpería y su pulpero entre sus páginas.
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“Cacho” Dicatarina supo además participar a caballo y en el formato de agrupación tradicionalista, por distintos desfiles patrios, en la ciudad y representando a la misma en otras. Fue, en el año 1971, partícipe como jugador de fútbol, del equipo que ganó el campeonato de la Liga Mercedina: Club Trocha.
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Para muchos fue un personaje singular y querido, para otros era un mercedino más, pero hay pocos en la ciudad que lo ignoran, seguramente. Últimamente tendría problemas de salud y una desmejora propiciada por las bajas temperaturas habría ocasionado su deceso.
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“Cacho” Dicatarina sabía tener en “La Pulpería” una suerte de museo viviente de la historia local, con recortes de diarios, botellas y fotos de otras épocas, y además juntaba en libros de gran tamaño las firmas de todos los visitantes al lugar, desde hacía muchos años.
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En la vieja construcción de campo –que ostentaba con el mérito de haber tenido a Juan Moreyra entre sus parroquianos– todavía se reunía de cuando en cuando la paisanada para escuchar el duelo entre payadores, y también los hinchas del fútbol pasaban sus tardes previas a los partidos en la cancha de la Liga Mercedina, próxima a La Pulpería y junto al Parque Municipal.
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La muerte de “Cacho” genera ahora dudas de cómo seguirá este emprendimiento, que tenía algo de lugar de encuentro social y algo de ícono turístico. La “última pulpería” se quedó sin el “último pulpero”, y Mercedes perdió a uno de sus personajes tradicionales.

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Fuente: Noticias Mercedinas, http://www.noticiasmercedinas.com/
Foto: Gustavo Depaoli

sábado, 13 de junio de 2009

Un almacén legendario

Todavía es posible comprar bebidas o lechones en el viejo boliche de ramos generales Lasarte, cerca de Tandil.

A casi 350 kilómetros de Capital Federal y a 30 kilómetros antes de llegar a Tandil, el viejo almacén de ramos generales Lasarte Hermanos, enfrentado a la estación De la Canal, constituye un referente de un pasado, no muy lejano, que bien pudo haber
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inspirado alguna de las obras de Molina Campos.
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El edificio es lineal y simple. Dos puertas de entrada tiene el salón, piso de baldosas en damero y, en invierno, está abrigado por una salamandra criolla, de herrería, que irradia calor a los habitués.
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Una barra de madera lustrosa en forma de L, que parece no tener fin, es atendida por parientes y descendientes de los originales dueños.
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Los Lasarte, y más especialmente el finado don Ramón, son de esa raza de bolicheros de alma, que llegó a este sitio desde otro rincón tandilense, Villa Aguirre.
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"Hacía más amigos que clientes", sostiene Zubillaga, uno de los personajes que viven y dan vida al lugar con sus graciosas historias.
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Este paraje ha sido y es, en nuestros días, un alto en el camino de los tamberos, chacareros y hacendados de los alrededores del arroyo Langueyú. Refugio del paisano, verdadero centro de información regional, el almacén Lasarte congrega veladas de truco y alguno que otro torneo de paleta.
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En uno de los rincones de esta construcción, que perteneció hasta 1900 a la familia Girado, y fue adquirida luego por la firma Macaya, se ha improvisado un sector de peluquería "unisex", enfrentado a una pared con más de cincuenta "tazas" de ruedas de automóviles, brillantes, colgadas prolijamente.
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A unos metros de la cancha de paleta -se dice- fue el lugar en el que la banda de gauchos liderados por el legendario Tata Dios (Jerónimo Solane o Solanet) ultimó a todos los miembros de una familia de vascos franceses, el 1° de enero de 1878, gritando "mueran los extranjeros y los masones".
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La gran fiesta
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Estos gauchos malentretenidos tenían pensado además asesinar a Ramón Santamarina, pero un infiltrado avisó a la policía y fueron rodeados y apresados.
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"Según se cree, este gaucho de buenos modales, educado y con fama de santón, terminó sus días asesinado en una cárcel tandilense", refiere Mirtha Mabel Lasarte.
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"Desde entonces no se festeja ningún 1° de año en el poblado", recuerda, a los noventa y cuatro años, doña Josefina Baranthol, "una vecina de toda la vida", que vive en una estancia cercana al almacén Lasarte.
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A mediados de febrero, todos los años la gente de De La Canal organiza un gran picnic a orillas del arroyo Langueyú. En la última reunión participaron 700 personas, consumieron 30 asados de vaca, 1000 chorizos, 3 bolsas de papas, 30 lechones y dos barriles de 200 litros de vino. Habitualmente, señala Oscar Lasarte, "lo que más se toma es cerveza. Mucha caña quemada y caña de durazno. Algo de Hesperidina.Vino solo y gaseosa con Fernet, en el verano, y mucho helado..."
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Fuente: Alejandro Schang Viton, publicado en La Nacón, 02/07/2005

jueves, 28 de mayo de 2009

Almacén "La Porteña" (Trenque Lauquen)

Ubicado en el partido de Trenque Lauquen, en el empalme de la Ruta Nacional 33 con la ciudad de 3 Lomas, fue construido en 1919 por iniciativa de un nieto político del General Justo José de Urquiza. El viejo almacén de ramos generales fue adquirido por un empleado en 1948. “Pese a las adversidades, nunca pensamos en cerrar, ya que queremos demasiado a este lugar”.

En Trenque Lauquen muchos me habían hablado del almacén La Porteña. Comentarios similares, también, habían llegado a mis oídos al recorrer la ciudad de Tres Lomas, ubicada a tan solo 15 kilómetros del viejo almacén.
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A pesar de ser un día feriado (9 de Julio), el boliche tiene sus puertas abiertas. Antes de ingresar, leo atentamente en un pizarrón, colocado a uno de los costados de la puerta principal de acceso, un aviso que anuncia cuando será la próxima misa en el paraje homónimo.
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Todo me recuerda a un tiempo histórico que nunca viví. Por un instante creo estar viviendo en el siglo pasado. Con un gesto amable, María Emilce Mangas, esposa de Edgardo Vagliente, me invita a recorrer las instalaciones de La Porteña. “Este almacén fue comprado por mi suegro en 1948, y desde esa fecha continúa en manos familiares”, comenta orgullosa María Emilce, quien, además, es catequista y delegada municipal del pequeño paraje de 5 familias.
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En 1919, la familia Madero Urquiza, propietaria de grandes extensiones de campo en la zona, y familiares directos del General Urquiza, mandó a construir un almacén para proveer de mercaderías, bebidas y objetos de campo a la región . El objetivo era crear en torno a la estación ferroviaria La Porteña un pueblo.
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Pero por varias razones, entre las que se encuentran las inundaciones, las crisis económicas y las migraciones a las grandes ciudades, el sueño de la familia Madero nunca pudo concretarse. Hoy La Porteña es un almacén, una escuela, una capilla y una vieja estación de ferrocarril cuyos galpones están en manos de la compañía multinacional Cargill.
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Como en los tiempos pasados, la mayoría de las ventas que realiza María Emilce o su esposo se registran en una vieja libreta de almacén. “El fiado es lo que nos permite competir con los grandes supermercados”, comenta Edgardo, mientras baja cuidadosamente de la escalera con una botella de licor para un cliente. “Actualmente, no es muy rentable el negocio, pero nunca pensamos en cerrar ya que eso nos dolería mucho”, relata María Emilce.
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Recados, sogas, plumeros, palas, rastrillos y faroles cuelgan de los techos, de la misma manera que lo hacen una gran cantidad de chorizos, salamines, y jamones de cerdos. Es que el piso y el techo de ladrillos de La porteña, favorecen la conservación de los embutidos al mantener fresco los ambientes.
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“La década del 60 fue la mejor época para nosotros, ya que había muchos chacareros que vivían por esta zona alquilando pequeñas héctareas, y ellos eran nuestros principales compradores”, explica Edgardo refiriéndose al mejor momento del almacén. Emilce, por su parte, confiesa que el peor año fue 1987. “Ese año además de ser triste por las inundaciones, que nos dejaron aislados, falleció mi suegro, quien antes de morir nos pidió que nunca cerráramos las puertas del almacén”.
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A Emilce, los recuerdos de su suegro le generan emoción y lágrimas. Tal vez sea porque algún día tengan que cerrar las puertas del viejo almacén, en contra del mandato familiar, ya que no tienen descendientes.
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Los sucesivos bocinazos de la locomotora estacionada frente a la estación ferroviaria La Porteña irrumpen en la tranquilidad de la tarde. En pocos minutos más partirá una formación de 35 vagones hacia el puerto de Bahía Blanca. Edgardo relata que todos los días sale una formación con cereal de la empresa Cargill rumbo al puerto, y que gracias a la multinacional hay mayor movimiento de gente en el paraje. “Debido a esto nosotros abrimos todos los días, y en el verano que hay mayor cantidad de gente cerramos cerca de la madrugada”.
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Mientras la formación ferroviaria emprende su viaje rumbo a Bahía Blanca, yo hago lo mismo pero en dirección a La Plata. Atrás dejo un pequeño paraje cargado de sueños y de proyectos familiares. En el camino no puedo dejar de pensar en Emilce y Edgardo, en sus sacrificios y aventuras, pero también en el temor de ambos: que algún día La Porteña cierre definitivamente sus puertas.
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Fuente: Juan José Pfeifauf, publicado en la web de la agencia NOVA
www.agencianova.com

viernes, 22 de mayo de 2009

La protegida (Navarro)

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TRES HISTORIAS...UN RESULTADO
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Durante el siglo XIX, los vecinos de Navarro contaban con varios servicos de diligencias que unía a éste con la gran aldea de Buenos Aires y con pueblo y parajes vecinos.
En épocas en que los caminos eran sólo huellas, aquellas diligencias sirvieron al transporte de correspondencia, encomiendas y pasajeros, convirtiéndose en indispensables actores de desarrollo para los incipientes vecindarios afincados en el medio de la inhóspita pampa.
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"LA PROTEGIDA" era una de aquellas compañias de diligencias, que en el siglo XIX trasnportaba sus cargas desde Buenos Aires a Navarro...

...Ya avanzado el siglo XX , a principios de la década del '70, en la ciudad de Navarro cerraba definitivamente el almacén de ramos generales del "Turco Emilio".
Este señero almacén, fundado en 1926 por el inmigrante sirio-libanés Abdul "Emilio" Mustafá, había cumplido un importante ciclo en la historia comercial de la comunidad, pero superado por nuevos pautas económicas cesó en su actividad, alquilando su edificio para sucesivos y diferentes emprendimientos comerciales....

...Coincidente con ese tiempo, un joven de -por entonces- 15 años, comienzó a interesarse por objetos antiguos y artículos de viejos almacenes y pulpería de su pueblo; iniciando así, una colección que perdura hasta estos días.
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Hoy, estas tres historias independientes se conjugan y de la fusión de aquel viejo edificio del almacén del "Turco" Emilio más la copiosa colección lograda en más de 35 años por aquel jóven y el nombre de aquella legendaria diligencia surge a nosotros el "Almacén Museo LA PROTEGIDA" como un símbolo de buena combinación de Turismo, Gastronomía y Cultura regional.
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Fuente: Raúl Lambert, www.laprotegida.com

Trabajos de Alberto Pinciroli


Almacén de Alberto García (Lobos)
Almacén de Alberto García (Lobos)

almacén en Zapiola
Contacto con el artista: albertopinciroli@hotmail.com

miércoles, 20 de mayo de 2009

Antiguas pulperías en nuestro recuerdo

A pesar del tiempo transcurrido desde su desaparición todavía perduran los nombres de muchas de ellas.
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Tanto las esquinas como las pulperías fueron frecuentes paradas de diligencias y tropas de carretas.

Sus presencias reales nos han abandonado, pero perduran sus nombres. Mencionemos algunas: el "Tome y traiga" y "La Pava Grande" en el viejo camino de tierra de Magdalena a Chascomús; "Sol de Mayo", saliendo de Buenos Aires por el camino del Norte, muy concurrida por gente de la escolta de Rosas; "La Banderita", cerca del Riachuelo, en el camino al Sur. Y una de las más famosas, "El Caballito", a la que habremos de referirnos ya.

La pulpería de "El Caballito" se hallaba a la vera del camino que de Buenos Aires salía para el Oeste y se la encontraba antes de llegar a Flores. La construyó el genovés Nicolás Vila, en 1821, con los restos de un barco.

Plantó el mástil, y sobre él, colocó una veleta de latón representando el famoso caballito, que actualmente descansa de sus tantos corcovos en una de las salas del Museo Histórico de Luján.

Detengámonos un instante más en esta pulpería. Hacia 1820, una vieja nave ballenera se estrelló contra el fondo toscoso del Río de la Plata, muy cerca de donde hoy se levanta la Casa Rosada.

Con paciencia, Vila se encargó de desmantelar los restos del viejo navío que nadie reclamó. Y en una carreta cargó hierros, palos, bisagras y maderas, y en muchos viajes trasladó hacia el Oeste -hacia el campo y la inmensidad pampeana de la época- esos restos.

De ese modo, en pleno campo, erigió la pulpería, hito entre los suburbios y la pampa. Punto inicial o terminal de la monótona y polvorienta rastrillada que se orientaba hacia Chile y el Alto Perú.

Dicen que era linda y convidadora la pulpería de don Vila. ¡También!, el lujo insólito de maderas cepilladas y barnizadas, raro, incluso en construcciones urbanas debió ejercer atractivo.

Por los pagos de Chascomús, quedan todavía los sones de "La Concordia" -que alcanzamos a conocer- a orillas casi de la laguna, y cerca de allí "El Trompezón" -con su ventana-mostrador enrejada- donde se atendieron heridos en la batalla de los Libres del Sur, en aquel triste noviembre de 1839. Y hacia el paso de "La Postrera", la famosísima "Azotea Grande", que funciona como almacén hasta hace pocos años.

Almacén centenario

En Lobos, donde siempre nos pareció que el tiempo se hubiera detenido, se conserva entre otros un almacén de campaña más que centenario.

El piso de ladrillos gastados y la reja que marca el límite del mostrador, incitan a evocar una época que alcanza a la leyenda cuando alguien recuerda por acá anduvo Juan Moreira, buscando su destino, de paso hacia la muerte.

"El Hipódromo", más conocido por lo de "García" tiene en su haber casi 160 años. El piso de anchas tablas de pinotea, todavía resiste las pisadas de los curiosos; y entre sus paredes, retumban las risotadas y las verseadas del truco y del mus. Sobre el mostrador de estaño hay un casillero para guardar los libros de la contabilidad y un antiguo escritorio-caja, para amontonar los recuerdos.
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Fuente: Carlos Antonio Moncaut, publicado el 26/02/2005, en Rincón Gaucho, diario La Nación.

viernes, 15 de mayo de 2009

Las Pulperías (1868)

Al mediodía, entramos en una gran casa para almorzar. Esta era una pulpería, en la cual también se puede adquirir todo lo que uno necesita: se venden vinos, bizcochos, pan, yerba, azúcar, etc. y, además, vestimentas para hombres y mujeres, baratijas, sombreros, armas, y es bar, casa de comida y venden artículos de cuero para caballos y carruajes.
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El aspecto de esta pulpería me hizo cierta impresión. Todo el salón estaba dividido por una reja de hierro. Es a través de esta barrera que se sirve a los clientes, lo que parece una cárcel. Los clientes, que son gauchos, visten de poncho y chiripá, llevando alrededor de la cintura un cinturón de cuero, llamado tirador, adornado con botones y monedas de plata o de oro.
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...En la pulpería nos sirvieron sardinas al aceite, carne de vaca, asada, bistec a la sartén, queso Gruyere, uvas secas, almendras, vino. Fue un excelente almuerzo y luego mate, mientras los postillones ensillaban los caballos.
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Fuente: Autor, H. Armaignac, publicado en, www.federaciongaucha.com.ar

La Pulpería (1819)

Las pulperías son unas chozas de lo más miserables y sucias, donde puede comprarse un poco de caña, o sea un derivado de la caña de azúcar; cigarros, sal, cebollas tal vez, y pan de la ciudad, pero, más al interior este último artículo no puede conseguirse, de manera que el viajero, si no lleva pan con él, debe alimentarse, como la gente de campo, con carne solamente.
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Estas chozas tienen dos compartimientos, uno que sirve de negocio y el otro de vivienda. Generalmente están construidas sobre un terreno alto y tienen un trozo de género de color colgado de una caña a modo de aviso; también hacen las veces de casa de posta y tienen unas docenas de caballos pastando al fondo, cerca de la casa. Cuando llega un viajero, deja allí su caballo; el pulpero, con un lazo, sale en su caballejo, que siempre está dispuesto tras la vivienda, hasta el pantano donde pasta la tropilla, y enlazando a uno, lo trae, coloca la montura, y sea manso o bravo, allá va el viajero al galope, hasta la próxima posta, cuatro o cinco leguas más lejos...
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...Las pulperías son el punto de reunión de las gentes de campo, que no dan valor alguno al dinero y lo gastan solamente en bebidas y en el juego. Es costumbre entre ellos invitar a todos los que se hallan presentes a que beban con ellos; se hacen servir una jarra llena de caña (porque no les agrada el vino), la cual va pasando de mano en mano. Mientras les queda un penique en el bolsillo repiten esta ceremonia y consideran como una afrenta que cualquiera rehuse la invitación. En cada pulpería hay siempre una guitarra y cualquiera que la toque es invitado a costa de todos los presentes. Estos músicos nunca cantan más que yaravís, canciones peruanas que son las más monótonas y tristes del mundo. La música es lamentosa y la letra versa siempre sobre el amor frustrado y los amantes que lloran sus penas en el desierto: pero nunca tratan de asuntos agradables, animados o aun indiferentes. Después de todo, estas pulperías, miserables como parecen, no son muy inferiores a algunas tabernas de la misma España.
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Fuente: Autor, Emeric Essex Vidal, Publicado en, www.federaciongaucha.com.ar

miércoles, 13 de mayo de 2009

Las pulperías en la ciudad.

“Todos creemos saber que era una pulpería pero definirla en términos precisos no es tarea fácil. Para el Cabildo de Buenos Aires todo estaba muy claro; según él había una nítida distinción del trabajo entre las tiendas y las pulperías.
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Las tiendas se dedicaban a la venta de géneros de Castilla y las pulperías a géneros de abasto. La función específica de la segunda era, pues, la venta de provisiones para el abasto de la población. Así las define muchos años más tarde el Almanaque de Blondel de 1826 casa de abasto en que se vende de todo lo que sea relativo a los comestibles y bebidas por menor.
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La complejidad de las pulperías porteñas se refleja mejor en la caracterización que hizo de ellas el propio gremio de los pulperos de la ciudad. Para éste las pulperías de Buenos Aires tenían algo de taberna, algo de almacén, y aún de tienda: combinaban los tres tipos de negocios.
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Fuente: Mayo, C, J. Mirando y L. Cabrejas, “Anatomía de la pulpería porteña”, en Mayo, C (dir) Pulperos y pulperías de Buenos Aires, 1740-1830. Buenos Aires, Biblos, 2000, p. 14.
www.buenosaires.gov.ar

Las pulperías en la campaña

Según el historiador Carlos Mayo, la imagen tradicional que se tenía hasta hace poco tiempo acerca de las pulperías rurales componía un lugar: “donde los gauchos bebían aguardiente hasta embriagarse, mataban el tiempo jugando al truco y entregaban la vida en duelos a cuchillos, podía ser también y, para sumarle mayor sordidez, un prostíbulo.
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El pulpero típico, aquel que embaucaba a los incautos parroquianos detrás del mostrador era casi indistinguible de su andrajosa clientela. Mal entrazado, sumaria y muy pobremente vestido y, por añadidura, algo sucio y desaliñado; un personaje en suma, que no desentonaba con su sórdido y miserable local”
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Pero esta imagen no coincide con los estudios más recientes sobre las pulperías rurales. Según esos estudios:
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“Algunas de estas pulperías eran algo menos precarias y estaban, sobre todo, mucho mejor surtidas de lo que se creía. La sorprendente variedad de mercancías que vendían al público y la naturaleza de algunos de estos productos hacen pensar en una estructura del consumo de la población rural mucho más rica y compleja de lo que se suponía. […]
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La venta de fideos, pan, galleta, azúcar, velas, especias, azafrán arroz, así como la de papel, vajilla, peines, peinetas, pañuelos, navajas de afeitar, seda, cabezas de arado aún anzuelos revela una demanda más diversificada y exigente, lo cual se corresponde bien con una sociedad pampeana en la que había algo más que grandes estancieros, vacas y pobres gauchos; donde había una verdadera clase media rural, integrada por una miríada de pequeños y medianos criadores y labradores con sus familias […] es decir, una sociedad rural con un mayor poder de compra que el esperado y pautas de consumo que, si algo revelan, era cuán hondo había calado en ella el mercado.
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Algunos de nuestros pulperos, aunque austeros y ahorrativos, distaban de ser esos personajes cuasi harapientos que nos presenta la imagen tradicional. No todos tenían estancia pero cuando podían compraban esclavos y alcanzaron un nivel de vida comparable al de un estanciero acomodado de la campaña”
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Fuente: Mayo, Fernandez, Duart, Van Hauvart, Miranda y Cabrejas, “Pulperos y pulperías rurales”, en Mayo, C (dir) Pulperos y pulperías de Buenos Aires, 1740-1830. Buenos Aires, Biblos, 2000, pp. 109-110.
www.buenosaires.gov.ar